Cuando el viejo mundo se quebró, no lo hizo en un solo día. Fue un susurro prolongado en los cimientos del planeta: océanos alzándose como muros, ciudades devoradas por sus propias redes, cielos convertidos en espejos de fuego. La civilización que una vez cubrió la Tierra como una marea incesante se retiró, dejando tras de sí ruinas brillantes y cicatrices invisibles. Pero de las cenizas y la niebla, emergieron los supervivientes, fragmentos de humanidad que aún portaban la llama del ingenio, el deseo de vivir, y la memoria de lo que se había perdido.
Los que eligieron mirar al sol, buscaron redención en la simbiosis con la naturaleza. Se hicieron llamar Solarnati, y construyeron sus hogares entrelazando la ingeniería ecológica con procesos orgánicos: estructuras cubiertas de musgos inteligentes, paneles solares que brotaban como hojas, sistemas de riego autónomos. Para ellos, el mundo no era una máquina ni un recurso, sino un sistema vivo que debía ser sanado con respeto, cuidado y paciencia.
Otros descendieron a los abismos de cemento y silicio. Se convirtieron en Nanocodax, humanos rediseñados por la necesidad, habitantes de la sombra, del pulso digital y los circuitos orgánicos. Aprendieron a hablar con las computadoras y con los enjambres invisibles que tejían en sus cuerpos nuevas formas de existencia. No buscaban perdón: sólo la libertad de rehacerse una y otra vez en su propia imagen.
Y en los cielos, sobre nubes que nunca dormían, surgieron los Hydrovelan. Nómadas de los vientos y el hidrógeno, tejieron su civilización con tela y gas ligero, aprovechando las corrientes atmosféricas como rutas vitales. Construyeron dirigibles que eran hogar y fortaleza, cultivaron en el aire, recolectaron en la bruma. Para ellos, el movimiento era sagrado, la independencia un arte. Vivían por el viaje, por el mapa sin fronteras.
Durante generaciones, estas tres formas de vida coexistieron en un equilibrio inestable pero funcional. Cruzaban caminos, compartían saberes, discutían y se ignoraban por turnos, pero comprendían que, pese a sus diferencias, compartían un pasado común y un futuro incierto.
Hasta que un día, la realidad misma se rasgó.
Los Tejedores de Estrellas no llegaron. Simplemente, estaban allí. Como si siempre hubiesen existido entre los pliegues de la realidad, esperando a ser notados. No hablaban, no exigían. Pero su sola presencia alteraba las leyes físicas, sembraba sueños imposibles, y encendía preguntas para las que ninguna mente humana tenía respuesta. Al principio fueron visiones. Luego estructuras imposibles. Y finalmente, contactos.
Desde ese momento, el equilibrio comenzó a fracturarse. No por guerra, sino por duda. ¿Qué significaba ser humano ante aquellos que podían transmutar materia, tiempo y espacio con una idea? ¿Y si el mero acto de mirar a los Tejedores de Estrellas, de intentar comprenderlos, comenzara a reescribir silenciosamente a quienes los contemplaban... y, en un reflejo inesperado, también a ellos?
El mundo ya no está al borde de un nuevo orden. Está en medio de su renacimiento, o de un cambio definitivo.